l. Escribo esto desde un lugar parcial, inevitablemente recortado. No porque haya hecho una investigación sistemática ni porque tenga cifras o estadísticas que respalden lo que voy a decir. Pero sí porque lo escucho, una y otra vez, en la clínica, entre colegas, en charlas con amigas y amigos, en vínculos propios y ajenos. Porque hay algo que resuena, que se repite, que se murmura: algo así como un deslizamiento silencioso del deseo, una dificultad creciente para armar una escena erótica, una incomodidad general con el cuerpo, con el encuentro, con el goce. No se trata de teorizar desde afuera, sino de pensar desde adentro. También soy parte de esta época. También me pasa. No es un artículo con certezas ni pretende ser académico. Es una escritura que nace de algo que flota en el aire.
Algo está cambiando en la forma en que nos deseamos, en cómo nos vinculamos sexualmente, en lo que esperamos del otro, y también en lo que ya no nos “calienta”. Estas notas no buscan respuestas universales, sino abrir preguntas, habitar las incomodidades y dejar que algo del malestar contemporáneo hable. Y si bien este tema está presente en todos lados (en redes sociales, en posteos de sexólogas, en sobremesas, en podcasts, hasta en los memes), elijo detenerme especialmente en lo que aparece en la clínica. No porque allí se diga una verdad más profunda, sino porque se habla desde otro lugar.
En análisis no se opina: se asocia (cada vez menos, pero aún sucede). Se habla desde el malestar, desde lo que no termina de resolverse, desde lo que vuelve sin que uno entienda bien por qué. Por eso prefiero alojarme ahí, en esa escucha que no busca comprobar tendencias sino alojar lo que a veces no encuentra palabras. Porque cuando el deseo se borra o se desarma, algo se dice en ese silencio que no necesariamente se grita.
ll. Cada vez más en la clínica escuchamos relatos donde el sexo no aparece. No como conflicto, no como represión explícita, sino simplemente como algo que se fue esfumando. Personas que están en pareja y no tienen relaciones sexuales, pero tampoco lo padecen. Otras que se vinculan con alguien, coquetean, se mandan mensajes durante días y, sin embargo, nunca concretan. Frases como “todo me da lo mismo”, “me gusta pero no me dan ganas”, o “no es que no quiera, pero nunca pasa nada” se repiten en distintas voces, sin dramatismo, pero con una consistencia que interroga.
Lo llamativo es que esto no se enuncia como síntoma. No llegan a consulta diciendo “no tengo sexo”, sino que el dato se filtra entre líneas, como algo que simplemente dejó de estar. Sin queja, sin angustia explícita, pero con cierto vacío. Es una deserotización del lazo, y del cuerpo, que no siempre duele, pero deja huellas en la manera de vincularse.
¿Cómo pensar esto desde el psicoanálisis? ¿Qué lectura es posible cuando no hay “disfunción sexual”, pero sí una escena vacía de deseo? Como psicoterapeuta psicoanalítica —y como persona que va a análisis, que está sumergida en la misma cultura— me interesa pensar estas formas actuales del no desear. No desde el juicio, sino desde la pregunta.
lll. Vivimos tiempos de sobreoferta de goce. Todo está disponible: cuerpos, imágenes, porno, apps, tutoriales, guías. Pero el deseo no nace de la abundancia, sino de la falta. Si no hay corte, ni misterio, ni espera, tampoco hay escena deseante. Como dice Lacan, el deseo es el deseo del Otro. Y si ese Otro es demasiado predecible, transparente o moralmente escaneado antes del encuentro, ¿qué espacio queda para el deseo? El cuerpo, además, ya no es un lugar de placer, sino un objeto que se monitorea, se mide, se compara. La lógica fitness, la autoevaluación estética y el miedo a no estar “a la altura” convierten al cuerpo en una fuente de ansiedad. “No me gusta cómo me veo”, “me estresa pensar en lo que esperan que haga”, “prefiero no tener sexo a pasarla mal”. El cuerpo deja de ser un lugar habitable para el goce y se vuelve una superficie de control, un dispositivo que debe funcionar bien. A esto se suma una hipervigilancia emocional que transforma profundamente los modos de vincularse. Hoy el otro no es tanto un enigma como un potencial problema: ¿es sano?, ¿es válido?, ¿es feminista?, ¿es tóxico? Estas preguntas, que emergen de procesos históricos importantes —como el feminismo o la visibilización del abuso—, también tienen efectos inhibitorios cuando se vuelven la única brújula. Como si antes de desear a alguien, tuviéramos que pasarle un checklist moral, emocional y discursivo. El erotismo, que implica riesgo, incertidumbre, pérdida de control, queda subordinado a una lógica de escaneo y validación.
Muchas parejas hoy funcionan como alianzas afectivas estables. Se acompañan, se sostienen, se cuidan. Pero no se erotizan. Ya no hay tensión ni diferencia, ni cuerpo. “Nos llevamos bárbaro, pero no tenemos sexo”, “es como mi mejor amigo” “no lo necesitamos” . Lo llamativo no es la falta de sexo, sino que ya ni siquiera sea un tema. La escena erótica se borra sin dolor, y el deseo parece no tener lugar legítimo en vínculos donde todo se ordena en función de la estabilidad y la contención emocional. Encima, hay una presión contemporánea por “hacer bien el sexo” . Tener orgasmos, conexión, comunicación, duración. La experiencia se convierte en rendimiento. El sexo ya no es juego, es performance. Y frente a esa exigencia, muchos se paralizan. “Tener relaciones sexuales me da ansiedad”. “Tengo miedo de hacerlo mal”. Se pierde el espacio para el error, para lo incómodo, para la torpeza, para el encuentro real.
El psicoanálisis no viene a decir cómo hay que “tener sexo” ni con qué frecuencia. No hay fórmulas, ni manuales, ni un ideal de “vida sexual saludable”. Lo que hacemos es escuchar. Ese silencio, ese no saber, esa comodidad sin erotismo. Y desde ahí preguntarnos: ¿qué goce se evita? ¿qué deseo quedó fuera de escena? ¿qué angustia emerge cuando el cuerpo se acerca al otro? ¿qué función inconsciente cumple ese no-sexo?
El deseo no vuelve por técnicas ni por gurús sexuales. No se entrena, no se planifica, no se produce a demanda. Es una dimensión que se habilita si hay tiempo, si hay palabra, si hay espacio para lo que no se entiende. Para lo fallido. Para lo que no rinde. Hoy hay más discursos sobre el sexo que nunca, pero menos deseo. Hay sexólogas que explican cómo amar bien, influencers que enseñan cómo tener sexo, feminismos que nos dijeron cómo cuidarnos. Todo eso fue necesario. Pero ahora, ¿cómo volver a decir que sí? ¿Dónde quedó el lugar del cuerpo que desea sin saber por qué, del deseo que incomoda,que no es simpático ni empático ni igualitario? ¿Qué hacemos con ese deseo que no se adapta al deber ser?
lV. Como psicoterapeuta (inclusive), no me paro afuera de todo esto. También lo habito. También me pregunto. Porque esto de lo que estoy hablando, no es un fenómeno individual: es de época. Nos atraviesa. Y nos deja preguntándonos si acaso el deseo no se perdió, sino que se fugó, esperando tal vez, que dejemos de perseguirlo con linternas de autoayuda para volver, inesperado, en un cuerpo, en un gesto, en una escena que no habíamos previsto.