Vínculos narcisistas y la desaparición del encuentro.

Vínculos narcisistas y la desaparición del encuentro.

Vínculos narcisistas y la desaparición del encuentro.


Vivimos en una época en la que todo se dice, pero poco se escucha. Se cuenta, se muestra, se comparte, pero rara vez se pregunta. Hay una sobreproducción de relato personal y una escasez radical de alteridad. Cada quien parece ocupado en sostener su propio discurso, incluso cuando se supone que hay un vínculo. Incluso cuando, en apariencia, hay diálogo.

Muchas veces, lo que se presenta como una forma de cercanía —contarte en qué anda uno, mostrarte sus fotos, compartir sus pensamientos o su agenda— no es necesariamente una invitación al encuentro. Puede ser, de hecho, su evitación. Una puesta en escena que no deja lugar a la interrupción, ni a lo imprevisible que trae siempre la palabra del otro. Hay vínculos que no hacen ruido, no hieren ni maltratan, no presentan grandes crisis. Y, sin embargo, dejan una sensación de vaciamiento. De haber estado sin haber sido convocado. De haber sostenido algo que parecía relacional, pero que no llegó a alojar realmente dos subjetividades. Uno escucha. Asiente. Responde con amabilidad. Pero nunca es interrogado. Nunca se lo mira con pregunta. Nunca se lo desea como enigma. Y eso también es una forma de exclusión. 

Lo inquietante de estas relaciones no es su intensidad emocional (a veces incluso parecen tibias), sino su estructura. En muchos casos —aunque no exclusivamente, pero sí con frecuencia— se trata de varones heterosexuales que se vinculan desde un despliegue narrativo de sí mismos: hablan con soltura de lo que hacen, lo que piensan, lo que proyectan, lo que les gusta. Incluso en el plano digital, muchas conversaciones comienzan así: relatos sobre trabajo, rutinas, logros, sin una sola pregunta que abra espacio a la subjetividad del otro. 

No hay mala intención en ese gesto. Hay, más bien, una forma cultural aprendida de
habitar el vínculo: un modo narcisista de relación, que no debe confundirse con lo que vulgarmente se ha instalado como “perverso narcisista”. Acá no hablamos de manipulación emocional ni de figuras psicopáticas. En psicoanálisis, el narcisismo no es un insulto ni un diagnóstico moral. Es una estructura del yo, una forma de organizar la experiencia subjetiva en torno a sí mismo.

En su célebre Introducción al narcisismo (1914), Freud señalaba que el yo se constituye como una superficie libidinal que inicialmente se ama a sí misma. El trabajo del lazo, del amor, implica una pérdida de esa autoerotización, un descentramiento. Amar es salir del yo. Pero cuando eso no ocurre, el otro queda reducido a objeto funcional: alguien que sostiene la autoestima del yo, pero que no es reconocido como diferente.

Christopher Lasch, en La cultura del narcisismo (1979), yaBleichmar cómo la sociedad moderna producía sujetos cada vez más frágiles, dependientes del reconocimiento externo, y a la vez cada vez menos capaces de establecer vínculos verdaderamente recíprocos. El otro no era vivido como un interlocutor con deseos y tiempos propios, sino como un medio para fortalecer la imagen personal.

Byung-Chul Han, retoma un poco esta idea: “el otro desaparece en una sociedad que tiende a la homogeneidad, donde toda alteridad se percibe como disonancia”. En La expulsión de lo distinto (2017), Han propone que en la lógica del rendimiento y la positividad, la diferencia es vista como una amenaza. Por eso no se reprime ni se combate: simplemente se ignora. Se la deja fuera de cuadro.

Por último, me parece interesante lo que propone Silvia Bleichmar: afirma que el yo no se constituye como repetición de lo mismo, sino en relación a la alteridad. “La constitución del sujeto es, desde sus inicios, un trabajo sobre lo otro”. Sin otro, no hay sujeto. Sin interrupción, no hay encuentro. Solo hay monólogo.

La pregunta que se impone entonces es: ¿qué tipo de vínculos estamos sosteniendo cuando el otro está presente pero no es alojado? ¿Qué ocurre cuandoen una relación hay contacto, hay palabras, hay gestos, pero no hay espacio simbólico para el deseo del otro? Muchas de estas relaciones no terminan por exceso de conflicto, sino por una ausencia persistente de alteridad. No hay escenas de ruptura, ni discusiones
intensas, ni grandes traiciones. Lo que se va desgastando es la posibilidad misma de que haya dos. Cuando el vínculo se sostiene solo en torno a un discurso unidireccional, cuando una sola subjetividad ocupa todo el espacio, lo que queda del otro es apenas un gesto de acompañamiento, una escucha muda, un asentimiento funcional.

Lo que se rompe ahí no es el amor —si lo hubo—, ni la compatibilidad, sino el lazo simbólico. Porque sin inscripción en el discurso del otro, no hay sujeto posible. Se puede estar físicamente, responder, convivir incluso, pero sin un reconocimiento mínimo como interlocutor deseante, el vínculo se vuelve decorado: parece, pero no es. No es que algo falle de pronto, sino que nunca llegó a articularse una lógica de encuentro. El desencuentro no aparece al final: estuvo desde el inicio, solapado por el entusiasmo de hablar y la cortesía de escuchar. Tal vez lo que llamamos hoy “vínculo” muchas veces no sea más que una coordinación de presencias sin verdadero cruce. Y eso no requiere maltrato, ni frialdad, ni abuso. Basta con que no se pregunte. Con que no se aloje lo otro del otro. Con que todo el intercambio esté al servicio del yo y su necesidad de decirse.